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COMUNICACIÓN Y EVANGELIO
Emmo. Sr. Card. Norberto Rivera Carrera

TEMARIO

INTRODUCCIÓN

 

I.- LA INTERACCIÓN COMUNICACIÓN-EVANGELIO FAVORECE LA PRESENCIA DE ÉSTE
EN LA CULTURA QUE EMERGE DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN.

1. El desafío de esta época de la Comunicación Total.

2. Hacia una auténtica inculturación del Evangelio en y a través de los Medios de Comunicación.

3. La Comunicación Divina, origen y modelo de la Comunicación Humana.

 

II.- EN SU MISIÓN DE EVANGELIZAR, LA IGLESIA NECESITA USAR LOS MEDIOS
DE COMUNICACIÓN EN EL MUNDO DE HOY.

1. La naturaleza misionera de la Iglesia.

2. La Iglesia tiene la necesidad y el derecho de usar los Medios de Comunicación Social.

3. Actitudes pastorales ante los Medios de Comunicación.

 

III.- LA IGLESIA NECESITA ESPACIOS DE LIBERTAD EN EL USO DE LOS MEDIOS
DE COMUNICACIÓN.

1. Los Medios de Comunicación en el marco de la Libertad Religiosa.

2. La Iglesia católica y la legislación de Medios de Comunicación en México.

3. El comunicador católico en el México de hoy.

 

CONCLUSIÓN

 

Eminentísimo Sr. Cardenal Don Juan Sandoval Iñiguez, Arzobispo de Guadalajara.

Excelentísimo Sr. Obispo Patrick J. Foley, Presidente del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales.

Hermanos y Hermanas Laicos, Hermanos en el Ministerio Sacerdotal y Episcopal:

 

Introducción

«Hacer luz, es más difícil que hacer oro». En esta sentencia, labrada por Paul Claudel en su magna obra «La Anunciación a María», se resumen indudablemente los afanes de este Congreso. Dejando a un lado el sentido literal de la frase, referido a la dificultad de elevar al cielo las paredes luminosas de una catedral gótica, el sentido metafórico -y el más real, paradójicamente- afirma la primacía de la sabiduría sobre la acumulación de riquezas perecederas. Tal es el sentido profundo que esconde la sentencia completa del gran dramaturgo católico: «Hacer luz, oh ignorantes, es más difícil que hacer oro»1. Por ignorancia podemos privarnos de buscar la verdad; por ignorancia podemos cambiar todo un patrimonio cristiano por treinta monedas de plata en forma de periódico, de micrófono o de pantalla multicolor.

Hemos dedicado las jornadas de trabajo de este Congreso a «hacer luz», y continuamos con el esfuerzo de iluminar con la verdad del Evangelio, una de las creaciones más portentosas del ser humano: los Medios de Comunicación Social: la prensa, la radio, la televisión, las redes cibernéticas. Profesionales de la Comunicación (dueños de Medios, directivos, comunicadores, actores, estudiantes universitarios) y hombres de Iglesia, nos hallamos reunidos con este noble propósito de «hacer luz».

Agradezco a la Comisión Organizadora de este Congreso y a su Presidente, el Sr. Obispo Onésimo Cepeda, por su amable invitación; a Su Eminencia, el Sr. Cardenal Don Juan Sandoval Iñiguez, y en su persona a toda la Arquidiócesis de Guadalajara, por el cálido recibimiento que he recibido; y a todos ustedes, por la amabilidad de su atención.

1.- LA INTERACCIÓN COMUNICACIÓN-EVANGELIO FAVORECE LA PRESENCIA DE ÉSTE EN LA CULTURA QUE EMERGE DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL.

 

El Evangelio no fue predicado por Jesús para ser guardado bajo siete llaves. La esencia del Evangelio no es la oclusión egoísta, sino la comunicación que se abre a todos, que tiende a hacerse comunión por el vínculo del amor entre los seres humanos. No se prende una luz, dijo el Maestro, para ser colocada bajo el celemín. Hoy, la luz del Evangelio necesita ser irradiada desde los nuevos areópagos del mundo.

 

El Desafío de esta época de la Comunicación Total.

Ciertamente, la humanidad vive momentos de peligro extremo. El cuerpo del mundo sufre en muchos de sus puntos, en algunos de los cuales la crisis parece agravarse. Es como si toda la realidad humana padeciera de una insatisfacción creciente. En esta fase crucial de la historia se halla envuelto nuestro país. Se requiere de criterios serenos y de una gran fuerza espiritual para descubrir nuevas oportunidades en este torbellino de fenómenos exteriores.

Una atenta lectura de los signos de los tiempos nos revela que la Iglesia está viviendo una fase de purificación, bajo la guía de Dios, que la despoja de impurezas para prepararla a una rica época de gracias Podría decirse que, hoy por hoy, vivimos las mismas circunstancias de los tiempos apostólicos: nuestra época se caracteriza por un evidente neopaganismo, por una cultura sin Dios. En segundo lugar, son tiempos de minoría: la sociedad mundial dejó hace tiempo de ser mayoritariamente católica; esto sin cuestionar la calidad espiritual de muchos que se dicen católicos, cuyos intereses están a años luz de lo que la Iglesia propone. En tercer lugar, comprobamos que ésta es una época carismática, cuyos elementos más significativos fueron claramente expuestos por el Santo Padre, Juan Pablo II, el 25 de noviembre pasado (1999): la promoción de la misión eclesial de los laicos; el reconocimiento del papel de la mujer en la Iglesia; el florecimiento de los movimientos laicales, la consolidación del ecumenismo y el diálogo con la cultura moderna. Finalmente, es inocultable la actualidad martirial de la Iglesia. Esto lo ha destacado también el Santo Padre: «han regresado los tiempos de los mártires»2.

A la luz de estos signos de los tiempos, que calcan muchos aspectos de los tiempos apostólicos, se ve claro que la Iglesia, llamada a evangelizar los hombres del tercer milenio, debe hacerlo a través del esfuerzo de una nueva Evangelización inculturando la fe en el formato de un lenguaje adaptado a la mentalidad actual, por lo que, a diferencia de los tiempos apostólicos, la Evangelización de hoy debe recurrir al uso de los medios de comunicación social, ya que ésta ha llegado a ser la verdadera y propia cultura de nuestro tiempo.

En ella existen claramente luces y sombras. Por un lado, vemos el gran potencial benéfico de esos medios, reconocido en Miranda Prorsus e Inter Mirífica, por citar dos textos clásicos del Magisterio de la Iglesia; constatamos, incluso, excelentes realizaciones tanto en prensa como en radio, televisión, cine y comunicaciones informáticas. Pero también debemos reconocer que en muchas ocasiones los medios de comunicación se convierten en promotores de modelos de vida que generan comportamientos no acordes con la dignidad del ser humano. La exaltación de la violencia, la concepción comercial y hedonística de la sexualidad, la idolatría del consumismo que lleva al apetito por el lujo, la trivialización del matrimonio, el valor del éxito económico por encima de los demás valores, van configurando en muchos hombres un ideal de vida que se aleja del mensaje de Cristo. Bien podría decirse de muchos medios de comunicación propagadores de esa cultura, que padecen la servidumbre del pecado.

El reconocimiento de los fenómenos negativos, sin embargo, lejos de ahogarnos en el pesimismo, nos debe llevar a asumir el juicio positivo, que el Papa, fundado en la fe, ha expresado en Rodemptoris Missio3 y en otros textos Así, frente a los desafíos que impone la cultura emergente de los medios de comunicación, la Iglesia ha comprendido la necesidad de reemprender una «Nueva Evangelización», utilizando especialmente esos maravillosos inventos del ser humano (Inter Mirífca).

 

Hacia una auténtica Inculturación del Evangelio en y a través de los Medios de Comunicación.

Se ha dicho que si San Pablo viviera hoy, sería periodista o locutor. Yo creo que lo pensaría dos veces Lo digo por la enorme responsabilidad de los comunicadores de hoy. Pero se dice lo anterior, como una forma de reconocerle al Apóstol de Tarso su gran empeño por «hacerse todo a todos, para llevar a todos a Cristo»4, utilizando todos los medios legítimos a su alcance. Ahora se habla, incluso, del «retorno al areópago», queriendo destacar con ello la necesidad de seguir las vías y los métodos usados por San Pablo y los primeros cristianos: salir de los templos para recorrer los caminos y las plazas a fin de llevar el mensaje de salvación al hombre concreto, que goza y se angustia, que sufre diariamente el embate de los frecuentes fenómenos negativos de nuestra cultura comunicacional.

La Nueva Evangelización impulsada por el Papa Juan Pablo II debe pasar, por tanto, como aquélla de los tiempos apostólicos, por una verdadera «inculturación» de la fe; es decir, por la presentación del Evangelio de una manera viva y comprensible a los hombres de la cultura contemporánea, utilizando las formas, los lenguajes y los simbolismos de hoy. «Inculturación» que no es, como explica Bartolomeo Sorge, «un acomodamiento a mentalidades y costumbres cambiantes...; ni siquiera un sinónimo de eclecticismo o de sincretismo de elementos heterogéneos...; y menos aún, la búsqueda de una verdad mínima común (una especie de mínimo común divisor) renunciando al anuncio integral de toda la verdad»5.

La «inculturación» del Evangelio debe ser un proceso dinámico y atrayente que logre la aceptación plena del Evangelio por parte de la cultura actual, tomando de ella los aspectos positivos y contrastándolos con los negativos. Para que este proceso sea eficaz es preciso el instrumento privilegiado de la «inculturación»: el diálogo, la comunicación. El CELAM, reunido en Puebla hace 20 años, dejó claramente establecida esta premisa: «En esta sociedad de la información, como alguno ha llamado a esta fase emergente de la humanidad, urge formar y articular un genuino protagonismo evangelizador. Está de por medio el ejercicio mismo de la misión de la Iglesia -la Evagelización es comunicación- y el destino del hombre, quien se autoidentifica como ser para la comunicador)». Por lo que demanda «apoyar una acción comprometida y organizada de los católicos y de todos los hombres de buena voluntad en nuestros países, tendiente a lograr y robustecer una comunicación en el sentido más genuino de la palabra, una comunicación que genere comunión con Dios y entre hombres y pueblos»6.

 

La Comunicación Divina, origen y modelo de la Comunicación Humana.

El texto del documento de Puebla expone, a manera de boceto, una genuina y cabal teología de la comunicación; y más concretamente, de la Comunicación Social, en cuanto componente esencial del mundo humano, y cuya poderosa incidencia en él afecta a la misión de la Iglesia y al destino del hombre. La constatación de esta influencia, con todos sus rostros negativos, plantea serios problemas a la reflexión teológica, que ha de esforzarse por encontrar la valoración y el significado profundo de la comunicación a la luz de la fe. Sólo a través de esta reflexión, el creyente podrá descubrir las implicaciones morales de la comunicación social, así como fundamentar la utilización ética de los medios que la hacen posible. A partir de ello, será posible encontrar la significación pastoral de esa comunicación así como la eficacia de dichos medios en orden a la evangelización.

El punto de inicio de la reflexión teológica nos sitúa frente al Misterio Supremo de la Revelación: la comunión intratrinitaria es la fuente de toda comunicación. En efecto, el Dios de la Revelación no es un Dios solitario, incomunicado; por el contrario, es un Dios comunitario, en el que se da un proceso de comunicación y relación permanente entre las tres personas divinas. De ahí que definamos a Dios esencialmente, como amor, comunión, comunidad. Pero es, además, un Dios comunitario hacia fuera de sí mismo, uno de cuyos actos, comunicativos es la creación misma, en la cual destaca el hombre, en el que hay una verdadera imagen y semejanza de Dios (Gen. 1,27); un ser dotado de inteligencia y amor que refleja las acciones de la comunicación intratrinitaria.

Pero el hombre no es sólo imagen de Dios, también es interlocutor de Dios. De hecho, la historia de la humanidad es la historia del diálogo entre Dios y el hombre. En la historia judeo-cristiana, la Revelación es la historia de la comunicación de Dios, por iniciativa suya, hacia el hombre, con sentido liberador a través de las experiencias históricas. Podríamos resumir, en palabras de Martínez Díez y Barroso Avsenjo, que «la comunicación divina se nos presenta claramente como origen y modelo de la comunicación humana... Ia comunicación de Dios al hombre, a través de la creación y de la Revelación, es el testimonio de un Dios extravertido, oblativo, abierto al diálogo con el otro. Sólo estas actitudes de extraversión, oblatividad y apertura al diálogo pueden hacer de la comunicación humana (incluida la manifestación social) un camino hacia la comunión»7.

La comunicación perfecta de Dios con el hombre se da en la plenitud de los tiempos: el Verbo, la Palabra de Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros: Cristo, Modelo de toda comunicación verdadera; el único dueño y portador de la Buena Noticia y, paradójicamente, el Gran Ausente de los medios de comunicación.

II.- EN SU MISIÓN DE EVANGELIZAR, LA IGLESIA NECESITA USAR LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN EL MUNDO DE HOY.

 

«La Iglesia se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios que la inteligencia humana perfecciona cada vez más»8. Con estas apremiantes palabras, Pablo Vl resumía, en 1970, la observación que la Iglesia hace de sí misma ante los medios de comunicación. ¿Y qué decir el día de hoy? Una convicción permea a toda la Iglesia: la necesidad de utilizar los medios de comunicación social por exigencias de su naturaleza misionera, comunicadora.

 

1.- La naturaleza misionera de la Iglesia.

De los mandatos que Cristo dejó a su Iglesia, me atrevería a decir que salvo el del amor, no hay otro más claro que el de su misión: «Id a todo el mundo y predicad (comunicad) la Buena Nueva a toda la Creación»9. La misión de la Iglesia, continuadora de la misión de Cristo, es anunciar al hombre la salvación que Dios le ofrece. La Iglesia, por tanto, será siempre misionera, porque la «misionariedad» es parte esencial de su naturaleza.

Sin embargo hoy, tras la caída de las ideologías y en medio de un paganismo asfixiante y de un humanismo regresivo, «se repite en el mundo -nos dice el Papa Juan Pablo II- la situación del areópago de Atenas, donde predicó San Pablo. Hoy son muchos los areópagos, y bastante diversos: son los vastos campos de la civilización contemporánea y de la cultura, de la política y de la economía’’10. Ante este escenario desafiante, dibujado por el Papa, la misión evangelizadora de la Iglesia se torna más apremiante e ineludible.

 

2.- La Iglesia tiene la necesidad y el derecho de usar los Medios de Comunicación Social.

Ante la necesidad planteada, variados argumentos justifican plenamente el empleo de los MCS por parte de la Iglesia Valga una breve reflexión sobre algunos de ellos, tomándolos a manera de premisas.

En primer lugar, constatamos a diario que la Iglesia es «dato informativo», como bien expresa un título de Ediciones Paulinas. La Iglesia misma, y por sí misma, es un medio de comunicación -muy singular, ciertamente-, ideado por el mismo Cristo para informar a los hombres de todos los tiempos sobre la «Buena Noticia» de su reino. La simple observación de la información medial ratifica que la Iglesia es «fuente» de información. Más aún, nos ayuda a distinguir claramente una doble acepción de este «dato»; es decir: la Iglesia como sujeto agente y como objeto -o sujeto paciente- de la información. En ambos supuestos, como suele decirse, la Iglesia es noticia.

En efecto, en cumplimiento de su misión, la Iglesia interpela al hombre por medio de su palabra y de su historia, incluida la más reciente, la de ayer. Por su parte, el hombre interpreta a la Iglesia, aunque no siempre con apego a la verdad. Estas realidades, que configuran el que yo llamaría diálogo permanente entre la Iglesia y el mundo de hoy, para un mutuo conocimiento, exigen que la Iglesia tenga acceso a todos los andamios de la Comunicación Social, al igual que su interlocutor, por el simple y natural principio de igualdad de oportunidades en el diálogo.

En segundo lugar, la necesidad evangelizadora de la Iglesia impone el empleo de los medios más idóneos y eficaces En un mundo impregnado por la Calidad Total en la producción y en los servicios -y no olvidemos que la Palabra es el mayor de los servicios-, resultaría absurdo que la Iglesia, por descuido voluntario o por imposición ajena, fuera sustraída a la aplicación de esas herramientas conceptuales y, por tanto, al empleo de los medios más eficientes para el logro de su objetivo. Bajo esta legítima perspectiva eficientista, nadie que se precie medianamente de moderno y científico puede sugerir siquiera la más mínima prohibición o limitación para que la Iglesia utilice los Medios de Comunicación.

En tercer lugar, y bajo un enfoque jurídico, así como diversos derechos individuales del hombre se sustentan en una necesidad imperativa (como el derecho a la vida, al trabajo, a la educación... etc.), de manera análoga la necesidad teleológica de la Iglesia soporta su derecho a utilizar los multicitados medios. A la Iglesia le asiste, por derecho natural e innato, desde su fundación hecha por Cristo, el derecho a poseer y utilizar instrumentos de comunicación para llevar a cabo su misión de salvación. Yo diría, secundando a estudiosos y teólogos de la comunicación, que ese derecho es extensivo al empleo de los medios públicos y privados, aceptando en contrapartida que los agentes de pastoral: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos utilicen estos medios con competencia y en los cauces de la ley.

En México, Monseñor Manuel Talamás Camandari ha escrito de manera precisa: «Es axioma en la ciencia del derecho que toda persona que tiene una obligación moral, tiene también el derecho de valerse de los medios necesarios y convenientes para cumplir tal obligación. En fuerza de este principio, debemos recalcar que quienes tenemos la grandísima obligación, primaria e ineludible, de evangelizar, también tenemos un correlativo grandísimo derecho, primario e inalienable, de hacerlo por los Medios de Comunicación Social, por su grande conveniencia y eficacia... Y pues esta obligación procede de Dios, por mediación de su Hijo Jesucristo, también el respectivo derecho procede de Dios, por Jesucristo, de tal manera que ninguna autoridad meramente humana puede suprimirlo o coartarlo»11.

Así pues, aclarada y sustentada la necesidad y el derecho que la Iglesia tiene de usar los Medios de Comunicación, es oportuno mencionar algunas actitudes eclesiales que deben prevalecer frente a los medios para su óptima utilización evangelizadora.

 

3.- Actitudes pastorales ante los Medios de Comunicación.

En el libro, «La sfida della comunicazione» (El desafío de la comunicación), Amedeo Cencini se pregunta si para el uso de los MCS la Iglesia debe poner el acento en el conocimiento de las técnicas o en la pasión por el anuncio. Cencini nos obliga a desentrañar esta compleja cuestión, que nos introduce de lleno a la Pastoral de los Medios de Comunicación.

Por principio, a nadie escapa que los medios deben ser objeto de una especial atención pastoral. Esto se deriva de su importancia en la prioridad de la Iglesia: su misión evangelizadora, como ya hemos visto. Antiguamente, el medio pastoral de comunicación era el púlpito; ahora, junto a él y en oposición a él, se yerguen y nos desafían variados púlpitos electrónicos y de papel: la prensa, los semanarios, la radio, la televisión, el cine, el video, la computadora y todas las nuevas tecnologías satelitales.

Este mundo asombroso, deslumbrante en ocasiones y frecuente exaltador de antivalores, contrarios a la dignidad del hombre, puede hundirnos en la inquietud, cuando no en el escándalo. Aunque también, justo es reconocerlo, puede situarnos en un horizonte de diálogo integrador con la cultura que emerge de ellos y que grita en silencio, al mismo tiempo, su vacío y su sed de Dios. Por lo mismo, no es válido ni permisible al hombre de Iglesia, sobre todo si es comunicador, el marginarse del proceso medial. Por el contrario, debe aprender a moverse en esa jungla mediática para aprovechar todas las oportunidades de enriquecimiento personal y comunitario. Ciertamente, mal haría en caer en exageradas dramatizaciones o, empleando la terminología de Umberto Eco, en actitudes apocalípticas que solamente lo conducirían al desprecio indiscriminado de toda la cultura producida por los medios.

La actitud que debe prevalecer ante ellos es la de una sana integración. Es demasiado lo que está en juego como para marginarse de ellos o demostrarlos sistemáticamente. Para superar estos riesgos se requiere, aparte del estudio y de la capacidad humana, de docilidad al Magisterio de la Iglesia, tan amplísimo en este campo. Con estos pilares de apoyo, no será difícil reconocer los MCS como dones de Dios y de la inteligencia humana, cuya incidencia es determinante, para bien o para mal, en la vida de los creyentes.

Al respecto, son una llamada de atención las palabras escritas por Monseñor Antonio Montero, siendo obispo de Badajoz: «I a formación de agentes pastorales para la comunicación social es, sin duda, el compromiso de mayor alcance en el que está empeñada la Iglesia en este sector imprescindible de la evangelización. Porque, si precisos son los creyentes comunicadores a través de todos los cauces, entre ellos los medios de masas, mayor es la escasez, la urgencia y el valor de los comunicadores creyentes»12.

Que ese compromiso y esa urgencia son impostergables, lo demuestran las continuas directrices del Magisterio de la Iglesia, contenidas en diversos documentos citados suficientemente en este foro. Abundan, por lo demás, expertas recomendaciones «laicas» para quienes manejan o van a utilizar los medios de comunicación desde la perspectiva de la doctrina de la Iglesia. Pero, independientemente de los arquetipos que ofrezcan tales propuestas, resulta claro que el hombre de Iglesia, profesional de los medios de comunicación, ha de formarse y profundizar tanto en el nivel de presupuestos ideales, es decir, en la pasión por el anuncio, como en la praxis operativa o sea, en el conocimiento de las técnicas para el mejor uso de tales medios.

III.- LA IGLESIA NECESITA DE ESPACIOS DE LIBERTAD EN EL USO DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL.

 

El título de esta tercera parte nos sumerge en el apasionante océano de las libertades y, más específicamente, en el mar de la libertad para usar y poseer Medios de Comunicación. Sobre este particular, quisiera ofrecer algunos planteamientos teórico-prácticos, a partir del Magisterio de Juan Pablo II; algunas reflexiones que puedan coadyuvar a una deseable reconstrucción del marco legal de la realidad mediática nacional en relación a la Iglesia Católica y a su necesidad manifiesta de utilizarlos y, en su caso, poseerlos. El caudal reflexivo podría iniciar y discurrir por el cauce de esta pregunta: ¿Libertad para quién y para qué?

 

1.- Los Medios de Comunicación en el marco de la Libertad Religiosa.

Parafraseando al Quijote, podríamos decir con mayor veracidad y precisión, que la libertad es el mayor don que Dios concede a los hombres. La vida humana carecería de mérito, por no decir de sentido, sin el don de la libertad. Ésta presupone la vida y la sublima. Así se explica que hombres y pueblos dignos prefieran perder la vida antes que la libertad, ya sea esta física, espiritual, o ambas. Por su parte, San Pablo urgía a los primeros cristianos a vivir en la «libertad de los hijos de Dios»; es decir, no sujetos a las ataduras de cualquier manifestación del mal; proponía como modelo de vida diaria la libertad de Cristo -Camino, Verdad y Vida-, la misma que la Iglesia viene proponiendo al hombre desde hace veinte siglos.

Ahora bien, la libertad humana adopta diferentes ropajes y expresiones en concomitancia con los derechos individuales de la persona. De tal manera que hemos catalogado variadas libertades y derechos, a los cuales hemos otorgado una jerarquía moral e, incluso, legal. En la jerarquía axiológica de la Iglesia, se proclama como reina de las libertades, sin lugar a dudas, la Libertad Religiosa. Con la profundidad y claridad que lo caracterizan, el Papa Juan Pablo II cinceló, en su Mensaje para la Jornada de la Paz de 1998, una insuperable definición de la Libertad Religiosa; ésta es, dijo el Santo Padre, «la piedra angular del edificio de los Derechos Humanos». Y en una lúcida síntesis de pensamiento, precisó: «porque se trata de respetar el ámbito más reservado de autonomía de la persona, permitiéndole que pueda actuar según el dictado de su conciencia, tanto en las opciones privadas, como en la vida social».

Más adelante, el Papa describe las múltiples dimensiones prácticas de la Libertad Religiosa tanto en el plano personal como en el plano comunitario. En este último, el Papa coloca textualmente, entre otras, «la libertad de poseer y usar, con el mismo fin (anunciar y comunicar la enseñanza de la fe fuera de los lugares de culto), los Medios de Comunicación Social». Es patente, pues, la grandeza y profundidad que el Papa otorga a la Libertad Religiosa en el concierto de las libertades del hombre, al grado que viene a ser como el «paraguas;» de todas las demás; o mejor aún, en la citada expresión del Papa, «la piedra angular del edificio de los Derechos Humanos».

Antes de concluir este punto quisiera salir, brevemente, al paso de una falacia no pocas veces difundida y defendida en artículos publicados en diarios nacionales. Se menosprecia la Libertad Religiosa con el argumento de que la Constitución ya garantiza una «irrestricta libertad de creencias». Esto es una falacia. La libertad de creencias, en sentido amplio, es un simple hecho, como lo pudiera ser una supuesta «libertad de respirar» Ahora bien, en sentido estricto, la libertad de creencias es sólo la expresión de un dique para el Estado, o más precisamente, de una abstención: la de no imponer oficialmente una creencia. En otras palabras, la libertad de creencias obliga al Estado a respetar y preservar «la libertad individual de adherirse o no a una fe determinada» (Juan Pablo II). Por tanto, la Libertad Religiosa constituye una demanda mucho más amplia que la libertad de creencias; ésta es sólo una dimensión elemental de aquélla.

 

2.- La Iglesia católica y la legislación de Medios de Comunicación en México.

Con lo expuesto en párrafos anteriores considero haber ofrecido una mínima respuesta a la pregunta: ¿libertad para qué? Resta solamente contestar a la segunda parte de la interrogante inicial: ¿libertad para quién? Porque es obvio que si no hay Libertad Religiosa, con todas las dimensiones prácticas de su ejercicio privado y público, tampoco habrá libertad para la Iglesia en el uso y posesión de los medios de comunicación. Ambas libertades no pasarán de ser meros espejismos para la Iglesia Católica de México.

La vigente Ley de Asociaciones Religiosas y Culto público, que en su artículo 6° le reconoce personalidad jurídica a la; asociaciones religiosas, les reintegra diversos derechos que las leyes les tenían injustamente confiscados, pero todavía, paradójicamente, les coarta otros. Tal es el caso del artículo 16° que, contraviniendo de manera manifiesta el derecho natural y el divino, prohibe a las asociaciones religiosas «adquirir, poseer o administrar cualquiera de los Medios de Comunicación Masiva», salvo las publicaciones impresas de carácter religioso.

En línea de principios y de recta razón, aparece clara la necesidad de perfeccionar el instrumento legal citado. Un régimen de derecho y de plena democracia no puede darse el «lujo» de tener ciudadanos e instituciones «de segunda». Como alguien escribió en Desde la fe13, no puede haber, en un país, minusválidos jurídicos.

El mantener en nuestro país la prohibición legal, para la Iglesia, de utilizar y poseer medios electrónicos de comunicación social a la medida de sus requerimientos, puede suponer una negación rotunda de la Libertad Religiosa, una clara discriminación precisamente por motivos religiosos, lo cual estaría en abierta oposición a los instrumentos legales más importantes de la Comunidad Internacional, suscritos por México, como son: La Declaración Universal de los Derechos Humanos (de la ONU) y la Convención Interamericana de Derechos Humanos, seguidos por las Constituciones de casi todos los países del mundo. Yo añadiría que tal discriminación es contradictoria y va contra el espíritu mismo de nuestra Constitución que garantiza que nadie puede sufrir discriminación alguna por motivos de sexo, de raza o de religión.

Por otra parte, la misma prohibición pudiera interpretarse, también, como un resabio de la desconfianza del Estado a los efectos sociales de la religiosidad, por sí misma, y de la información religiosa masiva. Si tal desconfianza es real, no podemos dirigir al Estado y a los medios de comunicación, mejores palabras que las del Papa: o temáis abrir vuestro corazón, vuestras puertas, a Cristo!». Porque, ¿acaso una religiosidad auténtica, firme pero alejada de todo fanatismo malsano, puede atraer calamidades a un país? ¿Habremos de seguir considerando la religiosidad sólo como una cuestión del fuero interno de la persona y no, también, como un detonante de las mejores virtudes cívicas?

No podemos olvidar, finalmente, que el hecho religioso, sobre todo el que es difundido por los medios de comunicación, es uno de los elementos que configuran la opinión pública, y que ésta es moldeada en gran parte por esos medios. Ellos constituyen, por así decirlo, todo un modo de conocer, toda una cultura que no puede quedar ajena a la trascendencia, porque ésta es esencial al ser humano como lo demuestran las estadísticas mundiales en torno a las creencias religiosas. Sería paradójico, además de lamentable, que en un mundo demandante de valores, quedaran excluidos únicamente los evangélicos. La sociedad se convertiría en la Jaula de goma, descrita por Ernest Geliner, donde toda una cultura del Edén Tecnológico viene a destellar ante los sentidos, y donde, larvada, le acecha la trampa de un porvenir engañoso, ante la ausencia de los MCS en un serio proyecto evangelizador.

 

3.- El comunicador Católico en el México de hoy.

Alguien sugirió, en una ocasión, que si Dios nos formulara la pregunta que hizo a Caín: «¿Dónde están?», deberíamos contestar a coro: «¡Estamos, Señor, en la era de la comunicación total!» Efectivamente, vivimos una época en la que la información es casi todo, «puede ser un instrumento de poder, ya sea como arma revolucionaria, como producto comercial o como medio de educación; puede ser un instrumento de libertad, pero también de opresión; puede contribuir a la formación de la personalidad individual, o también al encuadramiento uniforme de los seres humanos»14.

Todos ustedes, profesionales y estudiosos de la comunicación, valoran en toda su amplitud el extracto anterior del Informe McBride. Saben del valor de la información por las horas gastadas; en vigilias, por las correrías tras el dato, pero sobre todo, por el impacto que los hechos y las palabras tienen en el cuerpo y en el alma del país. A ustedes, inmersos en la complejidad fáctica y jurídica de nuestro país, quiero dirigir este último punto de mi intervención, luego de haber analizado someramente la necesidad que la Iglesia tiene de los Medios de Comunicación y, consecuentemente, de auténticos comunicadores creyentes.

Para el comunicador católico es imperioso, en primer lugar, nunca olvidar que antes que comunicador es católico. Nunca debe perder de vista no sólo que es parte de la Iglesia, sino que es Iglesia. Esto le significará, en lo personal, vivir su vocación con la libertad de quien se reconoce hijo de Dios y, en lo profesional, buscar incensablemente la armonía entre la exposición de la verdad -la Verdad con mayúsculas- y la eficacia de la comunicación formal. En términos meramente humanos, estaríamos hablando de fidelidad a la objetividad o, por lo menos, a su aproximación. En su reciente encíclica, Fides et Ratio, el Papa Juan Pablo II nos habla de la Diaconía de la Verdad, del servicio a la Verdad, que, en el contexto de este foro, debe ser entendido como el servicio al Evangelio por los cauces y formatos modernos de la comunicación medial. En este servicio a la Verdad, el comunicador católico no sólo fincará su propia libertad, sino que hallará la fortaleza para perseverar en la batalla de presentar el Bien y la Belleza frente a la apología del mal y la vulgaridad.

Un segundo aspecto que debe ser cuidado con esmero por el comunicador católico es el estudio constante de la Doctrina Social de la Iglesia, que no es otra cosa sino la visión e interpretación de las realidades temporales a la luz del Evangelio. Con esta visión, sus comentarios o notas sobre economía, política, deportes, la Iglesia misma, llevarán siempre la impronta de la Verdad y la búsqueda del bien para quien lo lee o escucha. En el fondo, tratará de responder honestamente, apoyado en su profesionalismo y en su fe, a la pregunta: ¿a quién sirvo cuando informo? ¿A un partido político, a un obispo, a un grupo de poder, a la Iglesia, a quién?

Por último, habrá de ser fiel a la definición elemental de sí mismo: un profesional, que desde un medio de comunicación, informa de una parcela de la actualidad, la religiosa. Éste es el tipo del comunicador católico moderno que México necesita: un especialista en el manejo tanto del medio por el que se comunica15, como por los contenidos precisos que emite ante una cultura que lo desafía a cada momento. Ojalá que estas sugerencias aporten un grano de arena al extenso y magnífico tratamiento que se está dando a la identidad y al papel del comunicador católico en el México de hoy.

CONCLUSIÓN.

 

Para finalizar, me parece muy oportuno traer un texto de Martín Descalzo, el magnífico sacerdote y periodista español. «Alguien comentó -dice- que ‘Cristo nos había mandado que fuésemos pescadores de hombres, y nosotros preferimos convertirnos en propietarios de peceras’. En nuestras peceras no hay riesgos ni tiburones, y nosotros nos sentimos a gusto entre nuestros peces de colores. Semanalmente -y esto es para nosotros los sacerdotes- les cambiamos el agua y nos sentimos felices de ver a nuestros peces, libres de herejías». Hasta aquí, la cita de Martín Descalzo. La lección es clara, trátese de un comunicador eclesiástico o laico: en vez de salir a la alta mar de los medios de comunicación, preferimos quedarnos con nuestra hoja parroquial. No es que ésta sea irrelevante. Por supuesto que no. Pero es necesario salir a predicar el Evangelio, a insertarlo en la cultura de hoy, en el medio adverso, presentando y valorando el Bien por encima de las ambiciones personales. La Iglesia necesita este compromiso de todos comunicadores presentes; necesita que «hagan luz» en lugar de «oro», tomando en cuenta la singular importancia y la influencia decisiva de las Comunicaciones Sociales en el mundo de hoy.

 

Muchas Gracias.

 

1. Paul Claudel. La Anunciación a María. Editorial Gallimard-Salvat 1971, Página 95.

2. Juan Pablo II. Tertio Millenio Adveniente, No. 3.

3. Juan Pablo II. Redemptoris Missio, No. 9.

4. 1, Cor. 9, 19-23.

5. Bartolomeo Sorge. Nueva Evangelizzazione e comunicazione sociale. En La Sfida della comunicazione. Editorial Ancora 1977, Página 84.

6. CELAM. Comunicación: misión y desafio. Ediciones Paulinas, México, D.F., 1936. Página 9.

7. Varios. Introducción a los Medios de Comunicación. Ediciones Paulinas. Madrid, España, 1990, Página 424.

8. Pablo Vl, Evangelii Nuntiandi. No. 45.

9. Mc. 16,15.

10. Juan Pablo II, Tertio Millenio Adveniente, No. 57.

11. « Monseñor Manuel Talamás Camandari, ¡A evangelizar por los Medios de Comunicación1, Mensaje. Página 15.

12. Varios. Introducción a los Medios de Comunicación. Ediciones Paulinas. Madrid, España, 1990, Página 10.

13. Desde la Fe, Semanario Católico de Información. Arquidiócesis Primada de México, Año I, Numero 38, 9 de noviembre de 1997.

14. Citado por Adriano Zanacchi, La Sfda dei Mass Media. Edizioni Paoline. Milano, Italia, 1990, Página 304.

15. Communio et progressio, No. 103.

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